(Sí, ya sé que pongo demasiadas notas.)
A diferencia de gran parte del mundo, yo personalmente aprecio la variedad; incluyendo cuando escribo. Es por esto que de vez en cuando me gusta diferir del español y divagar en los otros dos idiomas que domino.
Sin embargo, quisiera compartir también estas divagaciones con el mundo; por eso primero pensé en traducirlas (véase "Soledad") para poderlas incluir en este blog, pero lo traducido, como seguro sabrán, nunca es tan bueno como el original.
Es por esto que decidí hacer dos blogs más. Aquí les dejo los enlaces, para los que entiendan el inglich y/o el franchute.
http://ramblingsofanormalteenager.blogspot.com/
http://divagationsdunadolescentnormal.blogspot.com/
jueves, 20 de diciembre de 2012
Escaleras
Un poco de poesía. Porque sí.
Una
dos
tres
escaleras
que no son más
que maneras
de hacernos
subir
y subir
y subir
¿para qué?
si al final
caemos
Una
dos
tres
escaleras
que no son más
que maneras
de hacernos
subir
y subir
y subir
¿para qué?
si al final
caemos
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Soledad
Nota: El texto original no está en español, así que si contiene errores o incongruencias es culpa del traductor de Google por favor háganmelo saber para corregirlo.
Siempre he pensado que soy un ser de pocas palabras. Desde mi más temprana infancia, donde lo único que importaba era saber patear una pelota y dibujar conejos, mi timidez y mi obstinación de no acercarme a cualquier cosa que no conocía hicieron rápidamente de mí el marginado del grupo, el niño invisible, el quien nadie conocía o incluso veía. A pesar de repetidos esfuerzos para ser admitido, no lograba unirme a la multitud, a esa turba sin sentido que no es nada pero que vale todo para nosotros. << Soy especial>> pensaba, para tranquilizarme, pero pronto comprendí la causa de la inutilidad de mis esfuerzos: el contacto humano me repugna, tal como las personas "normales" -como dicen- serían repugnadas por una babosa recorriendo su piel, dejando sobre su carne su característica substancia viscosa.
<<Un día>> me repito siempre, << Un día los superaré a todos, dejándolos impresionados ante la medida de mi grandeza. >>
Mientras tanto, aquí estoy.
En mi templo sagrado.
El único lugar donde puedo estar lo suficientemente tranquilo como para pensar y soñar a mi gusto.
La carbonera abandonada bajo la cocina de mi secundaria.
Admito que no es lujo, pero debo decir que a través de los años, este pequeño espacio ha sido mi punto de referencia, el premio que me prometía para sacarme de las situaciones difíciles o aburridas a las que me confrontaban regularmente mis profesores. Mi Vaticano para mí solo, verdaderamente, no es gran cosa: las paredes están agrietadas, listas para derrumbarse en cualquier momento; la luz proviene sólo de un pequeño agujero en el techo y el olor del carbón está siempre presente, aunque yo nunca he visto un gramo aquí. Y sin embargo, yo soy su Papa, el único en conocer su existencia, y no cambiaría esta guarida por nada.
Debo decir, sin embargo, que es el lugar perfecto para soñar, y a veces, incluso la fuerte y desagradable campana que indica el final de mi éxtasis no logra sacarme del estado maravilloso en el que me sumerge esta habitación, lo cual me ocasionó varias veces sanciones. Pero a pesar de las amenazas, volvía al día siguiente: lo necesitaba, como una droga pulsando a través de mis venas y haciendo latir mi corazón.
Este lugar detenía el tiempo y distorsionaba el espacio: cuando estaba allí, no me sentía yo mismo; era un ser immaterial cuyos pensamientos derivaban hacia lugares lejanos y desconocidos.
Una de las pocas divagaciones recurrentes era la de cuando descubrí este lugar.
Huía, tal vez de alguien más, tal vez de mí mismo, de lo que hubiera debido ser, de lo que hubiera podido ser, cuando tropecé y caí boca abajo sobre una tabla de madera. Habiendo tenido siempre una curiosidad innata, la levanté, viendo aparecer oscuras escaleras de piedra.
Entré sin dudarlo, teniendo más miedo que mi perseguidor de la oscuridad que se presentaba a mí. En el momento en que entré en esa habitación, sentí una profunda calma, y fui sumiso en un estado de exaltación que no puedo describir, y mucho menos explicar. Fue entonces cuando empecé a venir a esta sala, y cada vez que volvía, sentía una nueva emoción, un sentimiento que tocaba mi alma y realzaba mi espíritu.
Y hoy todavía, voy a este lugar mágico; conozco cada rincón, cada cavidad. Y es desde aquí, desde este banal pero a la vez maravilloso agujero, que escribo estas pocas páginas, para distraerme, para hacer pasar este tiempo que no pasa nunca, para que, cuando sea viejo y no pueda ya volver a este lugar mágico, pueda por lo menos sumergirme en mis recuerdos de la feliz embriaguez por la que venía, por la que vengo.
jueves, 6 de diciembre de 2012
El momento más largo de mi vida
Todo el asunto pasó frente a mí mientras caminaba hacia ella.
Había empezado hace un par de semanas. Era la clase de dilema cliché
que sale en cada novela, pero nunca pensé que me pasaría a mí. Siempre
me había convencido de que no pasaría así, de que sería controlado,
voluntario, como cualquier simple reacción de laboratorio. Pero no.
Así de fácil, como si nada, me gustaba mi amiga, y cualquier cosa que
hiciera no podría cambiar eso.
Me concentré. Sabía que pocas cosas en mi vida habían sido más
difíciles que esta; recorrí mi mente buscando una, pero no encontraba
nada. Traté de pensar en algo trivial. Si pensaba en ella, me
congelaría. Tragué saliva, una, dos, tres veces. Podía sentir mi
corazón latiendo a través de mi pecho, como una bomba de tiempo lista
para explotar. La adrenalina corría a través de mis venas. Ya no hay
marcha atrás, me dije para calmarme, pero varias veces tuve que
esforzarme para no salir corriendo.
-Me gusta una amiga -dije, como lo había practicado-. Lo había
practicado? Lo recuerdo casi tan mal como recuerdo lo que pasó
después. Se me olvidó todo. Entré en pánico. Tartamudeé. Me miraba.
Sonreía? No lo sé. Sólo sé que me detuvo, que me sacó de ese hoyo que
había cavado yo mismo.
Luego me miró fijamente.
-Es… es ella, no? -Le apuntó a alguien detrás de mí. Ni siquiera miré.-
Había algo sobre el tono de su voz… Al principio me pareció desdén.
Pero mientras sus palabras hacían eco en mi cabeza, rebotando en cada
rincón, me di cuenta. Era desilusión. Era tristeza.
De repente me sentí fuerte. Sabía qué quería hacer, qué podía hacer,
qué debía hacer. Por primera vez, era mi turno y todas las cartas
estaban en mi mano.
Jugué.
-No… no -empecé, sin dudarlo un instante-. Para verla, no te hace
falta más que mirar en un espejo.
Nada en su cara, nada en sus rasgos. No podía suponer nada.
Pero haría falta mucho más que eso para detener la avalancha. Así que
seguí hablando.
-Te la presento tal como yo la veo. Es bella, inteligente, alegre. Me
encanta cómo habla, cómo sonríe, cómo me mira. Cada rizo de su pelo es
una cascada de eterna alegría; cada una de sus risas me es como una
dulce melodía que llega hasta mi alma y acaricia mi espíritu.
Al mismo tiempo no podía creer que se me había ocurrido decir eso y
que había tenido el coraje de decirlo.
-Cuando estoy con ella, me siento a la vez nervioso y calmado; quedo
halado entre la esperanza y el miedo. -Ya ni pensaba.- Pero estoy
feliz. Y mucho.
-No pido; no exijo; no espero. Sólo informo.
El asunto está a tus pies. Al igual que yo.
Había terminado. Lo había dicho todo, y aún así no era suficiente.
Pero de todas maneras, ya no me tocaba hablar.
Ese fue el momento más largo de mi vida.
lunes, 3 de diciembre de 2012
La escena del crimen
Esta va dedicada a aquellos de ustedes que pasaron horas y horas pensando en cómo asesinar al profesor idiota de turno. Disfrútenla.
Estaba tirada en el suelo, en el medio de la habitación. Un charco de sangre la rodeaba, contrastando con el blanco mármol del piso. En el centro de su cabeza estaba incrustado un lápiz Mongol, con sólo la punta de su borra emergiendo de su cráneo. Su cara, distorsionada en una maléfica sonrisa, mostraba una expresión de horror e impotencia; su pelo, una vez negro como el ébano, no era más que una sábana escarlata que cubría a lo que había sido alguien.
Había algo... Algo desafiante sobre ese lápiz. Estaba clavado casi perpendicularmente, como un asta hundiendo más y más la negra bandera de la muerte en su cabeza. Lo removí: no era más que un lápiz común y corriente.
Del tipo que usaría un estudiante.
Nota: Esta historia fue escrita usando un lápiz Mongol número dos.
Estaba tirada en el suelo, en el medio de la habitación. Un charco de sangre la rodeaba, contrastando con el blanco mármol del piso. En el centro de su cabeza estaba incrustado un lápiz Mongol, con sólo la punta de su borra emergiendo de su cráneo. Su cara, distorsionada en una maléfica sonrisa, mostraba una expresión de horror e impotencia; su pelo, una vez negro como el ébano, no era más que una sábana escarlata que cubría a lo que había sido alguien.
Había algo... Algo desafiante sobre ese lápiz. Estaba clavado casi perpendicularmente, como un asta hundiendo más y más la negra bandera de la muerte en su cabeza. Lo removí: no era más que un lápiz común y corriente.
Del tipo que usaría un estudiante.
Nota: Esta historia fue escrita usando un lápiz Mongol número dos.
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