jueves, 6 de diciembre de 2012

El momento más largo de mi vida


Todo el asunto pasó frente a mí mientras caminaba hacia ella.

Había empezado hace un par de semanas. Era la clase de dilema cliché
que sale en cada novela, pero nunca pensé que me pasaría a mí. Siempre
me había convencido de que no pasaría así, de que sería controlado,
voluntario, como cualquier simple reacción de laboratorio. Pero no.
Así de fácil, como si nada, me gustaba mi amiga, y cualquier cosa que
hiciera no podría cambiar eso.

Me concentré. Sabía que pocas cosas en mi vida habían sido más
difíciles que esta; recorrí mi mente buscando una, pero no encontraba
nada. Traté de pensar en algo trivial. Si pensaba en ella, me
congelaría. Tragué saliva, una, dos, tres veces. Podía sentir mi
corazón latiendo a través de mi pecho, como una bomba de tiempo lista
para explotar. La adrenalina corría a través de mis venas. Ya no hay
marcha atrás, me dije para calmarme, pero varias veces tuve que
esforzarme para no salir corriendo.

-Me gusta una amiga -dije, como lo había practicado-. Lo había
practicado? Lo recuerdo casi tan mal como recuerdo lo que pasó
después. Se me olvidó todo. Entré en pánico. Tartamudeé. Me miraba.
Sonreía? No lo sé. Sólo sé que me detuvo, que me sacó de ese hoyo que
había cavado yo mismo.

Luego me miró fijamente.
-Es… es ella, no? -Le apuntó a alguien detrás de mí. Ni siquiera miré.-

Había algo sobre el tono de su voz… Al principio me pareció desdén.
Pero mientras sus palabras hacían eco en mi cabeza, rebotando en cada
rincón, me di cuenta. Era desilusión. Era tristeza.

De repente me sentí fuerte. Sabía qué quería hacer, qué podía hacer,
qué debía hacer. Por primera vez, era mi turno y todas las cartas
estaban en mi mano.
Jugué.

-No… no -empecé, sin dudarlo un instante-. Para verla, no te hace
falta más que mirar en un espejo.

Nada en su cara, nada en sus rasgos. No podía suponer nada.
Pero haría falta mucho más que eso para detener la avalancha. Así que
seguí hablando.

-Te la presento tal como yo la veo. Es bella, inteligente, alegre. Me
encanta cómo habla, cómo sonríe, cómo me mira. Cada rizo de su pelo es
una cascada de eterna alegría; cada una de sus risas me es como una
dulce melodía que llega hasta mi alma y acaricia mi espíritu.

Al mismo tiempo no podía creer que se me había ocurrido decir eso y
que había tenido el coraje de decirlo.

-Cuando estoy con ella, me siento a la vez nervioso y calmado; quedo
halado entre la esperanza y el miedo. -Ya ni pensaba.- Pero estoy
feliz. Y mucho.

-No pido; no exijo; no espero. Sólo informo.
El asunto está a tus pies. Al igual que yo.

Había terminado. Lo había dicho todo, y aún así no era suficiente.
Pero de todas maneras, ya no me tocaba hablar. 

Ese fue el momento más largo de mi vida.

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